Escribir en un país que parece haber olvidado a sus escritores
Hay
oficios que exigen mucho y entregan poco. Hay otros que, además de exigir
tiempo, sacrificio y perseverancia, obligan a convivir con una pregunta
incómoda: ¿Para quién escribimos?
Ser escritor en Chile no siempre resulta
sencillo, y no me refiero únicamente a las dificultades económicas que implica
publicar un libro, encontrar una editorial, conseguir distribución o lograr que
una obra llegue a las manos de los lectores. Hablo de algo mucho más profundo:
la sensación de que, como sociedad, hemos ido olvidando a nuestros escritores.
Chile tiene una larga tradición literaria.
Un país pequeño en territorio, pero enorme en nombres que han dejado una huella
en la literatura universal. Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Isabel Allende, Vicente
Huidobro, Hernán Rivera Letelier y tantos otros demostraron que desde este
rincón del mundo también era posible construir una literatura capaz de cruzar
fronteras.
Sin embargo, pareciera que aquella
tradición se ha ido quedando atrapada en las páginas de los libros de historia.
Hoy existen cientos, quizás miles, de
escritores chilenos que escriben en silencio. Personas que durante años
trabajan en una novela, un libro de cuentos, un poemario o una colección de
columnas. Escriben después de sus jornadas laborales, durante las noches, los
fines de semana y en aquellos pequeños espacios de tiempo que la vida cotidiana
permite rescatar.
Escriben porque necesitan hacerlo. Y esa
quizás sea una de las características más hermosas y, al mismo tiempo, más
dolorosas de este oficio.
Porque quien escribe sabe que
probablemente no se hará rico. Sabe que publicar no garantiza ser leído. Sabe
que tener un libro en una estantería no significa necesariamente que alguien lo
comprará. Y sabe, además, que muchas veces tendrá que convertirse en su propio
promotor, distribuidor, vendedor y relacionador público.
El escritor chileno muchas veces escribe,
publica y luego comienza una segunda batalla: conseguir que alguien sepa que
existe.
Y aquí
aparece una de nuestras grandes contradicciones.
Vivimos en una sociedad que habla
constantemente de la importancia de la cultura, de fomentar la lectura y de acercar
los libros a los jóvenes, se organizan actividades, ferias, encuentros y
campañas. Se pronuncian discursos sobre la importancia de leer.
Pero todavía nos cuesta mirar al escritor
que tenemos al lado.
Al escritor de Linares, de Talca, de
Chillán, de Curicó, de cualquier pequeño pueblo o ciudad de nuestro país. Al
profesor que escribe después de hacer clases. Al periodista que publica una
novela. A la mujer que durante años trabaja en silencio en un poemario. A la
dueña de casa que durante la noche se sienta frente a un computador para
terminar una historia. Todos ellos también forman parte de nuestra literatura.
Y quizás
hemos cometido el error de pensar que un escritor solamente merece
reconocimiento cuando aparece en una gran editorial, cuando gana un premio
importante o cuando su nombre comienza a circular fuera de nuestras fronteras.
¿Pero quién descubre a esos escritores?
¿Quién les abre una puerta?
¿Quién decide que una historia merece ser
escuchada?
Es fácil recordar a nuestros grandes
escritores cuando ya forman parte de los monumentos, de los programas escolares
y de los homenajes oficiales. Lo verdaderamente difícil es apoyar al escritor
mientras está comenzando, cuando todavía vende sus propios libros, cuando
realiza presentaciones ante unas pocas personas y cuando debe explicar una y
otra vez por qué decidió escribir.
Porque
escribir un libro no es solamente llenar páginas. Es entregar una parte de la
propia vida.
Cada novela contiene horas de trabajo,
dudas, frustraciones, alegrías y sueños. Detrás de cada libro existe un ser
humano que decidió sentarse frente a una hoja en blanco y desafiar el silencio.
Por eso resulta injusto que muchas veces
valoremos más al escritor cuando ya no está.
Tenemos una curiosa costumbre: reconocer a
nuestros artistas cuando el tiempo ha convertido sus obras en patrimonio, pero
mientras están vivos, creando y luchando por encontrar lectores, muchas veces
permanecen en una especie de invisibilidad cultural. Quizás deberíamos
preguntarnos si realmente somos un país que lee o simplemente un país que dice
que la lectura es importante.
Porque existe una diferencia enorme entre
ambas cosas. Un país lector no solamente compra libros. Un país lector conversa
sobre ellos, los recomienda, los comparte, los comenta, lleva a sus hijos a una
librería, asiste a una presentación, pregunta quién escribió esa novela, descubre
autores nuevos y, sobre todo, entiende que detrás de cada libro existe alguien
que tuvo el valor de escribirlo.
Ser
escritor en Chile, entonces, es también un acto de resistencia.
Resistencia
frente a la indiferencia, frente a la falta de oportunidades, frente a la
tentación de abandonar, frente a esa voz que muchas veces aparece y pregunta:
“¿Para qué seguir escribiendo si casi nadie te lee?”
La
respuesta, quizás, está en la propia literatura.
Seguimos
escribiendo porque las historias necesitan ser contadas.
Porque
existen personajes que todavía no han nacido en ninguna novela.
Porque
hay recuerdos que merecen permanecer.
Porque
una palabra puede acompañar a alguien que jamás conoceremos.
Porque un
libro puede llegar a las manos de un lector muchos años después de haber sido
escrito y decirle exactamente aquello que necesitaba escuchar.
Y tal vez
esa sea la verdadera recompensa de quien escribe.
No
necesariamente la fama, no necesariamente el dinero, ni siquiera el
reconocimiento.
Quizás basta con saber que, en algún
lugar, alguien abrió nuestro libro y durante unas horas dejó que nuestra
imaginación habitara en su mundo.
Pero para
que eso ocurra necesitamos lectores.
Necesitamos instituciones que comprendan
que la cultura no se construye solamente con grandes nombres. Necesitamos
medios de comunicación que también miren hacia los escritores locales.
Necesitamos municipios, bibliotecas, colegios y organizaciones culturales que
abran espacios para quienes están creando hoy.
Y necesitamos, sobre todo, recuperar la
costumbre de preguntarnos quiénes son los escritores que viven entre nosotros.
Porque
quizás no hemos olvidado la literatura.
Quizás lo
que hemos olvidado es mirar a los ojos de quienes todavía tienen el coraje de
escribirla.
Y mientras eso no cambie, muchos
escritores continuarán trabajando en silencio, llenando páginas durante la
noche, construyendo historias que tal vez algún día alguien descubrirá.
Pero seguirán escribiendo, porque un
verdadero escritor no escribe solamente cuando lo leen.
Escribe porque tiene algo que decir, y
mientras exista algo que decir, siempre habrá una razón para abrir una página
en blanco.
Por Jorge Beltrán Navarrete
Profesor
de Historia y Escritor
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