Los que se niegan a morir

 

                            

Los que se niegan a morir

 


          Hay algo extraño en los nacidos en los años sesenta y setenta.

No quieren morir.

         Aclaro de inmediato que no estoy hablando de la muerte física. Esa, por más que hagamos esfuerzos, no la podremos evitar. Hablo de otra cosa. De esa particular resistencia a aceptar que los años pasaron y que aquella generación que alguna vez llenó las pistas de baile hoy tiene hijos, nietos, dolores de espalda y, en algunos casos, hasta dificultades para recordar dónde dejó las llaves.

        Pero llega una fiesta ochentera y todo cambia.

Es como si alguien apretara un interruptor.

De pronto comienzan a aparecer las mismas caras de hace treinta o cuarenta años. Claro que ahora cuesta un poco reconocerlas. Hay quienes llegaron con canas, otros con algunos kilos de más y unos pocos haciendo esfuerzos evidentes por demostrar que todavía pueden bailar como en 1985.

Y lo más curioso es que se lo creen.

Uno entra y comienza el desfile de recuerdos.

—¡Pero si eres tú!

Y viene el abrazo.

—¡Cuánto tiempo!

Y después la pregunta inevitable:

—¿Cuántos años han pasado?

Uno calcula mentalmente y prefiere no responder.

Porque son demasiados.

        En Linares hay un lugar donde esta generación parece haber encontrado una especie de refugio contra el paso del tiempo. Me refiero al Centro de Eventos Los Encinos, que, gracias a su propietario, Rómulo Carrasco, se ha transformado en un punto de encuentro para quienes alguna vez fueron jóvenes y que hoy se niegan, por lo menos durante unas horas, a comportarse como adultos responsables.

Y allí ocurre algo que me parece digno de observar.

Personas que durante el resto del año viven preocupadas por el trabajo, los hijos, los nietos, las cuentas, la casa, la jubilación o los achaques propios de la edad, llegan a una fiesta y vuelven a encontrarse con quienes formaron parte de una etapa que parecía olvidada.

Se reconocen. Se abrazan. Se cuentan lo que ha ocurrido durante todos estos años.

        Algunos se enteran de que aquel compañero de curso terminó viviendo en otra ciudad. Otros descubren que aquella muchacha que hacía suspirar a medio colegio ahora es abuela. También están los que se miran durante unos segundos tratando de encontrar, detrás de las arrugas, al amigo que conocieron cuando todavía tenían pelo abundante y ninguna preocupación por el colesterol.

        Y, de alguna manera, lo encuentran.

Porque hay cosas que el tiempo no consigue borrar.

Una amistad verdadera es una de ellas.

También lo son ciertas historias.

Aquellos primeros amores.

Las bromas del colegio, las escapadas, las fiestas, los amigos que quedaron en el camino, los que partieron demasiado pronto.

        Y todas esas pequeñas cosas que construyeron una época que hoy miramos con cierta nostalgia, pero también con una sonrisa.

Quizás por eso estas reuniones son mucho más importantes de lo que parecen.

No se trata simplemente de bailar.

Se trata de comprobar que todavía estamos aquí, que aquellos años existieron.

Que no fueron una película que vimos hace mucho tiempo.

Fuimos nosotros.

        Los mismos que crecimos cuando había que levantarse para cambiar el canal del televisor. Los que grabábamos canciones de la radio y sufríamos cuando el locutor hablaba encima de nuestra canción favorita. Los que nos juntábamos en una casa sin necesidad de crear un grupo de WhatsApp y éramos capaces de pasar horas conversando sin mirar un teléfono.

Éramos jóvenes y no sabíamos que algún día recordaríamos esos años con tanta intensidad.

Quizás esa sea una de las grandes ironías de la vida.

Cuando somos jóvenes queremos crecer rápidamente.

Cuando crecemos, hacemos todo lo posible por volver un rato atrás.

Y eso es precisamente lo que ocurre en estas fiestas.

No viajamos al pasado.

Pero lo visitamos.

        Por unas horas dejamos en casa al padre, a la madre, al abuelo, a la abuela, al trabajador, al jubilado y a ese adulto lleno de responsabilidades que la vida nos obligó a construir.

Y aparece nuevamente el muchacho, la muchacha, ese que fuimos, ese que todavía llevamos dentro.

       Por eso creo que Rómulo Carrasco hace algo más que organizar fiestas en Los Encinos. Mantiene abierto un espacio donde una generación puede reencontrarse con su propia historia. Y eso, en tiempos donde todo parece durar tan poco, tiene un enorme valor.

         Porque finalmente no tenemos demasiadas oportunidades de volver a encontrarnos con las personas que fuimos.

Podemos comprar cosas nuevas, podemos cambiar de auto, podemos renovar la casa, podemos incluso intentar esconder las canas, pero no podemos comprar recuerdos, y tampoco podemos recuperar a las personas que ya no están.

         Por eso hay que aprovechar estos encuentros.

Hay que abrazar al amigo, hay que conversar con quien no vemos hace años, hay que reírse, hay que bailar, aunque al día siguiente las rodillas nos pasen la cuenta, y hay que volver a casa un poco más tarde de lo prudente. Porque llegará un momento en que alguna de esas caras dejará de aparecer. Y entonces comprenderemos que aquellas noches no eran solamente fiestas, eran pequeñas reuniones contra el olvido.

        Quizás los nacidos en los sesenta y setenta no queremos morir, en realidad, creo que queremos algo mucho más sencillo, no queremos que muera aquello que fuimos.

        Y mientras en Los Encinos sigan encontrándose las mismas caras, mientras Rómulo Carrasco siga abriendo las puertas y mientras alguien se atreva a decir, al reconocer a un viejo amigo:

—¡Pero si eres tú!

Entonces podremos seguir diciendo que todavía somos jóvenes.

Aunque nos duelan las rodillas, aunque tengamos nietos, aunque mañana nos cueste levantarnos de la cama.

      Porque hay edades que aparecen en el carnet de identidad.

Y hay otras que, por fortuna, se niegan a aparecer.

La nuestra es una de ellas.

 

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